
Casi, pero casi me olvido de la palabra que andaba buscando.
La palabra que brotaba a llantos desde la tierra misma, la mismísima tierra
La misma tierra que hubo ayer, pero que no es la misma tierra que hubo ayer
Y es que tuvo que aparecerse Nietzsche mismo en un sueño,
para que yo recordara lo que había perdido.
Porque las palabras se las lleva el aire
¿O el fuego? ¿El oleaje? ¿El Olimpo?
¿Las palabras?
Los discursos de la abuela de tu abuela
Los diálogos de Sócrates con Sócrates
Todo eso se había perdido por un segundo.
Pero sabemos que los segundos no son segundos,
al menos no en el pleno sentido de segundos.
Repitan conmigo,
Estos no son los segundos de nuestras vidas cronometradas.
Porque sabemos, o creemos saber, o inventamos que sabemos saber
Que esas promesas no son nuestras promesas
Que los llantos no eran tuyos,
no eran míos.
Que el camino hacia el abismo recién está comenzando.
¡Alza los brazos, hombre débil!
Es hora de levantarlos.
¡Álzalos, como si la vida se te fuera en ello!
Pretende que nos vas a dar ayuda,
como al perro pretencioso que desafió tus más férreos imperativos.
¡No te necesitamos!
Este yo, el de segundos atrás,
el que se está yendo pero que está entrando nuevamente,
ha recordado lo que necesitaba ser recordado.
Ha revivido esa instancia misma de la desesperación que nunca ha vivido
No necesita más por ahora
No necesita más el hablante que transcribe estas palabras,
que no son las mías.
Tampoco las tuyas.
Y sin embargo…
Casi, pero casi me olvido de la palabra que andaba buscando…
04 julio, 2009
Carta del acontecer
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