“Había una vez, hace mucho tiempo… -bueno, no tanto en realidad, sólo hace unos pocos años atrás - un chico cualquiera. Uno de esos que se puede encontrar a por montones. Y con su propia personalidad y todo eso (si es que existe algo así como la personalidad), aún así era un chico cualquiera. Vivía en Valparaíso, una ciudad de Chile (Ahora sabemos que era un chico cualquiera, pero que vivía en Valparaíso, no en Santiago, ni en Buenos Aires, ni en Bogotá). Cuando era pequeño, una profesora había escrito en su informe de estudiante que era un tanto “poco sociable, con dificultad para relacionarse con el resto”. Él leyó eso más tarde, cuando había crecido un poco más. Se sintió pésimo. Su padre culpaba a la madre de que era muy poco cariñosa con el muchacho, que por eso se comportaba así. La mujer le dijo a él que si sabía tanto sobre cuidados infantiles, que él se quedara con el pendejo, que ella ya estaba harta. El chico se quedó solo con su padre.
El chico cualquiera, que vivía en Valparaíso, que había sido calificado de “poco sociable” por una profesora cuando era pequeño, y había sufrido una ruptura en su familia a los 7, ya tenía 10. Su padre había conocido a una mujer un año atrás, una mujer que le hizo volver a considerar que el amor sí que existía. Que no era mito, que era cierto. Su padre, como siempre, tan optimista… No se daba cuenta de que esa mujer era una bruja. Pronto ya vivían juntos. Al chico cualquiera no le gustaba tener que compartir espacio con esa mujer. La detestaba. Detestaba tener que jugar con ella, porque de lo contrario lo castigaban. Detestaba estar obligado a dormir con ella cuando su padre se demoraba tanto en llegar.
El chico cualquiera, a sus doce había tenido que cambiarse de escuela. Seguía sin tener amigos. Seguía comportándose con timidez frente al resto. Lo apartaban, o él mismo se apartaba, es cosa de perspectiva. Pero había una semilla de esperanza en su mundo de sombras. Encontraba tan linda a una chica que había en su curso. Pero claro que ella jamás lo miraría, ¡si no había a quién mirar! Había un vacío frente a ellos. Pamela se llamaba. Siempre la miraba desde la lejanía, y era como si cerros y mares de distancia los separara. Una vez estuvo cerca de dirigirle la palabra, cuando trabajaron en un mismo grupo para terminar un trabajo. De todas formas ella no lo miró, faltaba mucho para que hubiese una persona en ese puesto que estaba en el rincón más oscuro de la sala. Pero todo cambió cuando llegó Juan Carlos al curso.
El papá un día dejo de llegar a la casa. Dejó de llegar tarde, y simplemente no se apareció más. El chico cualquiera temía que le hubiera pasado algo. La mujer que vivía con él le dijo que no fuera tonto, que su padre se había encontrado a otra seguramente. Que prefirió dejarlos para tener una nueva familia. La mujer lloraba por las noches, trataba de disimular. A veces dejaba de parecer una bruja, y se asemejaba a una madre.
-Todavía te tengo a ti al menos… ¿Tú no me dejarías, verdad? - le preguntaba ella por las noches. Él se quedaba callado. Sabía que no tenía donde más ir.
Juan Carlos era un tipo muy simpático. A su manera, claro está. Él no era un chico cualquiera. Juan Carlos nunca pasaba desapercibido. Estaban ahora en Primero Medio, y el curso se hacía más grande. Juan Carlos era su amigo, su primer gran amigo. Los otros que habían intentado serlo fueron falsos, unos hipócritas que no entendían nada. Siempre lo habían abandonado. Pero Juan Carlos… él simplemente era el mejor. Le enseñaba tantas cosas… Que la rabia se convirtiera en acción, no impotencia. Que el silencio se convirtiera en su orgullo, no en su vergüenza. Que levantara la frente, que mirara a los ojos a los otros, no a sus zapatos. Que si lo molestaban, que respondiera a golpes si era necesario. No había que torturarse por el ayer, que el presente era lo que importaba. Que abriera los ojos ante la putrefacción del mundo, que los abriera ante la esclavitud de las mentes que no eran almas, sino subjetivación en masa. Que no los cerrara nunca, aunque doliera. El chico cualquiera aprendió muchas cosas. Dejó de tener miedo. Comenzó a expresar lo que sentía. Con odio, con furia, con impotencia. De pronto, sin que meditara sobre ello con detenimiento, se empezó a sentir distinto. Ya no era un chico cualquiera, se había vuelto otro.
Había una vez un chico que había dejado de ser un chico cualquiera. Un chico que había sido calificado de inepto socialmente en su infancia, y que había sido abandonado por sus dos padres. Que difícilmente tenía amigos, pero que había conocido a uno recientemente. Que se había atrevido a decirle “¡basta!” a la bruja que no lo dejaba dormir por las noches, a su nueva madre. Que había vuelto a ser abandonado como consecuencia. Ese chico ya no era el mismo. Había renacido. Pero sabía que eso no se quedaría así, que algo más pasaría. Que en la actualidad, los relatos no podían terminar con un final feliz si aspiraban a un buen puesto. Así que esperaba. Esperó que llegara algo que remeciera su nueva visión de las cosas. Su nuevo posicionamiento. Al menos ahora, estando en Segundo Medio, sus compañeros por fin lo veían. Lo miraban con odio, pero aún así lo veían. Excepto ella. Pamela lo ignoraba aún. Quizás debía enfrentar ese temor, y decirle algo. Por lo menos un “hola” inocente. Vencer ese último fantasma que ansiaba materializarse. Vencerlo. Pero no era posible. Había descubierto su nueva adversidad. ¿La había descubierto o la había inventado? Gran duda antropológica. Pero allí estaba Juan Carlos, como su enemigo ahora. Juan Carlos, el maestro, el guía, era también su último adversario.
-¡Ella no te pertenece! Pamela no es tuya, no es mía, no es de nadie. Es sólo un otro entre muchos y muchas más que conocerás - explicaba él.
-¡Calla, imbécil! No quiero oír más de tus estupideces. Tus cuentos eran pura basura. Y yo te creí, te creía, y quizás me manipulabas. Quizás nunca fuiste mi amigo - acusaba, furioso, el chico renacido.
-Yo no he hecho nada contra ti… - aclaraba con pasividad, Juan Carlos.
-Me dijiste que debía expresar lo que sentía, exteriorizarlo. Pues bien, lo exteriorizo, mira como lo exteriorizo. ¡Mira como lo exteriorizo!
-¿De dónde sacaste eso? - preguntó, extrañado, su más preciado adversario, pero conservando el mismo control de antes. La tranquilidad no se le iba de las manos.
-Eso no importa. Lo que importa, es que esto se va a acabar luego. - El menor lo amenazaba, pero con temor. Estaba temblando.
-Yo siempre te dije que debías estar orgulloso de tu propia manifestación, separarte cuanto quisieras, sentir odio y dejarte mover por él si era necesario… Pero siempre recalqué que los celos y la envidia era lo peor. No debes envidiar la diferencia, eso te destruye. ¡Te destruye! - exclamó Juan Carlos. Ahora estaba molesto. -¿Me matarás ahora? ¿Me matarás por alguna razón que te has creado? ¿Por cuál?
-Por amor - respondió, con duda, el chico que temblaba.
-¿Sabes siquiera lo que es amar? ¿Sabes siquiera lo que es sentir amor? ¿Amas? ¿Lo sientes? - preguntaba Juan Carlos. Pero esas preguntas no las levantaba para entender la situación, por supuesto que no. Él no buscaba entender absolutamente una pizca de lo que estaba sucediendo en ese momento. El muchacho, confundido, no sabía que responder. -¿Qué es el amor? ¿Existe?
-El amor… El amor es… ¡Nada de eso importa ya! - reclamó el chico ausente.
-Quizás tengas razón, quizás nunca fui tu amigo. ¿Qué es la amistad de todas formas? Quizás fui tu enemigo, el peor de todos. Pero la pregunta es, ¿lograrás salir del laberinto por ti solo? - fue lo último que esgrimió Juan Carlos, con el sólo afán de dejar un legado que difícilmente podría ser disuelto con facilidad.
-¿Por qué sigues hablando así? ¡Por qué hablas con esas palabras que no son tuyas! ¡¿Quién eres?! ¡¿Quién te crees que eres?!
Había una vez un chico que había dejado de ser un chico cualquiera. Un chico que había enfrentado muchas pérdidas, y que ahora se encontraba frente a la última. Su última soledad. Sus manos, manchadas de sangre, no pudieron soportar la culpa. Había matado a su único amigo, su más grande enemigo. Había eliminado a aquel que lo había hecho levantarse y mirar sin temor al sol. La luz… era demasiado fuerte. Ahora el chico estaba frente a su carta de despedida, sin ganas de voltear su mirada. No se volteó, ni siquiera cuando oyó que lo llamaban. Decían su nombre, su nombre ausente por años de anonimato. La soga… la soga era tan liviana. No tenía comparación alguna con el peso de sus recuerdos. El peso de los vestigios que seguirían flotando por décadas. Ya el chico no pensaba en consecuencias. No pensaba en las otras vidas, ni en las posibilidades, ni en el ocaso de sus palabras sin pronunciación… Pensaba en su sufrimiento. ¿Era eso egoísmo? Lo desconocía, así como desconocía las razones. Se dejó caer, con la soga atada a su cuello culpable. No era un instante dulce, no era la liberación que esperaba. Era sólo el instante mismo cobrando la tarifa de una vida desperdiciada. No había podido salir del embrollo que el mismo había fabricado. El laberinto era demasiado grande…”
-¿Pero habría otra oportunidad?
21 enero, 2010
10 diciembre, 2009
Acerca del oficio (rol) de crear
Es terrible cuando empiezas a darte cuenta de que muchas cosas de las que has escrito no son más que vestigios que pretendían dar forma a una imagen identitaria coherente (imaginaria, una simulación al fin y al cabo), supuestamente articulada de acuerdo las propias vivencias y a las propias ideas. Esta es mi historia, que habla sobre mi creatividad y mis procesos reflexivos. Esta es mi novela, este es mi cuento, este es mi cuadro. Pero lo más probable es que ese cuento no es tan tuyo, y es más del resto, de los otros, de tu relación con la sociedad y la historicidad en la que te desenvuelves. Claro que parece ser un concepto básico, como cuando te pedían analizar el contexto histórico de un autor para relacionar lo escrito con lo experienciado, de forma tal que sus palabras adquieren un nuevo sentido. Lo que sucede es que ese tipo de análisis se deja en un segundo plano muchas veces, como si lo olvidáramos a propósito cuando se trata de algo nuestro. No queremos renunciar a la idea de la individualidad y lo subjetivo cuando se trata de una creación que tiene nuestra firma, y tiene nuestro sudor. Es un gran apego que se genera ante esa parte que salió de ti… ¿pero y si ese cuento no es nada más que una interrelación entre tu propia vida y los que la han conformado? ¿Si la cuestión surge de las musas efectivamente, del afuera, y no de un sujeto iluminado por su propio talento? El texto a partir del otro, a partir de lo que te dijo alguna vez un amigo, de las ofensas que has sufrido, de los afectos que has sentido, de lo que has visto en las calles… ¿pero dónde queda el tan manoseado “yo”? El ego dentro de una cultura se desvanece (o para los más románticos, se fusiona con lo social), y el poeta, o el escritor no es más que un intermediario, y cualquier noción de pertenencia es mero producto de una ilusión esencialista. Queda entonces extinta, al menos desde esta perspectiva, la figura del escritor y el artista como un sujeto innegablemente solitario, porque sus escritos siempre dan cuenta de la otredad, y no solo eso, su obra depende de esos entes ajenos, es imposible que se separe efectivamente del resto de la multitud a la que teme acercarse. Condenado a la no-soledad, el pánico se apodera del artista. La tarea de crear es algo mucho más complicada de lo que parecía en un principio. El silencio no nos trae paz y tranquilidad, nos trae múltiples voces que resuenan en nuestra cabeza. Conversaciones y heterogeneidad que tratamos de denominar pensamiento. Nada de eso apareció cuando leíamos asiduamente el manual que nos adjuntaron acerca de la unicidad del ser y la posibilidad del lenguaje privado (el legado cartesiano en nuestra propia enseñanza acerca de cómo comportarnos).
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Psicología social,
reflexiones
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