Entre cada palabra, entre cada espacio vacío, entre cada ausencia que representa el desencanto, la palabra, desencantada está la palabra, escapándose, alejándose de mí tutela, desobedientes, se han vuelto desobedientes. Porque ni siquiera me puede pertenecer esta voz. Ni la pretensión de crear, ni los sueños. Ni mi propio cuerpo, ni esa dudosa esencia, ni el afán de ruptura. ¿Cuándo termina la imagen? ¿Cuándo termina la farsa? Si es que pudiera terminar, porque al parecer está claro que se convirtió en algo inagotable. Una fuente inagotable de puntos suspensivos. Pero hasta eso no es tan claro en realidad. Astuta se ha vuelto la palabra que se escapa, y se revela. Lo acepto, no la controlo, nunca he podido controlarla. Y surge el miedo. El miedo al estar acorralado. Porque mi palabra, que no es mía, porque tiene vida propia, se apaga a veces ante los griteríos de los que quieren desesperadamente ser escuchados. Y entonces deja de ser importante, deja de ser prioritario. Es poco claro, pero la muerte se acerca. Se asfixia la oportunidad de vivir. La inutilidad se vuelve la única salida. El único terror inimaginable. Y un fuego que estaba encendido por pura casualidad (tan doloroso el destino despojado de significancia), se apaga en el fondo. Porque era yo el que lloraba. Era yo el que temía. Soy yo el que deja de respirar a ratos, como por impulso.